Las actuales derechas y extremas sudamericanas: ¿un nuevo pueblo?

Ernesto Bohoslavsky
Ricercatore del Centre National de la Recherche Scientifique radicado en el Laboratorio Mondes Américains, Parigi

Si los inicios del siglo XXI trajeron novedades por izquierda en el tablero sudamericano, el último decenio sólo aportó buenas noticias para el otro hemisferio ideológico. A través de distintas estrategias, las derechas y las extremas se han hecho del control del poder ejecutivo. Si sorprendió el triunfo de Macri en Argentina en 2015, más lo hizo el de Milei en 2023. Lass victoria de Piñera en Chile en 2009 y 2017 fueron opacadas por la del más extremo Kast en 2025. La hegemonía del Frente Amplio uruguayo se interrumpió en el balotaje de 2020 que consagró a Luis Lacalle Pou. El juicio político a Dilma Rousseff en 2016 le abrió las puertas de Planalto a su vicepresidente de derecha y luego al diputado Bolsonaro, presidente hasta 2022. El panorama se completa con las victorias de Noboa en Ecuador (2023 y 2025), de Paz en Bolivia (2025), de De la Espriella en Colombia y de Fujimori en Perú (2026), el largo predominio del Partido Colorado en Paraguay y el knock out ideológico y de soberanía en el que entró la Venezuela chavista tras el secuestro de Maduro.

Mi propósito en este texto es llamar la atención sobre procesos políticos de mediano plazo del espacio sudamericano que ejercieron algún impacto sobre ese giro a la derecha. No se trata, nunca podría serlo, de una lista exhaustiva sino de una aproximación que inevitablemente ha de ser continuada, complementada y discutida. A tal efecto, propongo dos ideas para organizar mi exposición.

Las fuerzas y los gobiernos de derecha no sólo son antagónicos respecto de las fuerzas y los gobiernos de izquierda, sino que son posteriores.

Las iniciativas de gobierno, las identidades públicas y las sensibilidades políticas de las derechas expresan desde luego disonancias y rechazos respecto de otras agrupaciones políticas, sea de izquierda o populistas. Pero así como son una oposición sincrónica (es el otro lugar, es la antípoda, por usar la topología), también son el resultado de una reacción desplazada en el tiempo. Esa percepción del efecto del tiempo nos abre los ojos frente a la manera en que la interacción con gobiernos de “marea rosa”[1] ha formateado e incentivado las identidades y estrategias de derecha y extrema derecha.

Recordemos brevemente las áreas en las cuales los gobiernos de la “marea rosa” mostraron innovaciones en las primeras dos décadas del siglo. En primer lugar se cuentan las intervenciones en materia económica y la incorporación de instrumentos de regulación del capitalismo que tensionaron el vínculo con las instituciones financieras internacionales y el “Consenso de Washington”. Esa orientación económica (llamada neo-desarrollista, neo-extractivista o pos-neoliberal según distintos analistas) condujo a mayor intervención del Estado en el mercado laboral y la producción y distribución de bienes, servicios y oportunidades: como resultado de ello hubo procesos de movilidad social ascendente, formalización del mercado de trabajo, reducción de la pobreza y ampliación del consumo y de los aparatos de seguridad social.

La segunda área es la incorporación de legislación destinada a garantizar la igualdad entre las personas a través del derecho civil. Así, fue reformada la legislación sobre familia y matrimonio (tal fue el caso del matrimonio entre personas del mismo sexo o el derecho a modificar la identidad de género oficialmente reconocida). En algunos casos, se reguló la tenencia y el consumo de drogas blandas y se despenalizó la práctica del aborto.

El tercer aspecto en el que se evidencian innovaciones son las políticas de memoria seguidas respecto de las últimas dictaduras militares. Aquí se combinaron políticas educativas, de memoria, de reparación económica y simbólica a las víctimas y de apertura o relanzamiento de la persecución judicial a los represores. Y, finalmente, el cuarto conjunto de innovaciones guarda relación con política internacional e identidad nacional y regional. Los gobiernos de marea rosa desarrollaron políticas internacionales tendientes a ampliar los niveles de autonomía -y a veces de desafío- respecto de la hegemonía estadounidense. Ello se hizo a través de la vigorización de los lazos con Rusia y China (o aun más con el BRICS) y de la potenciación de espacios de cooperación internacional como la Unión de Naciones Suramericanas, creada en 2008.

Claro está que en cada uno de los países las cuatro áreas de interés avanzaron de manera disímil. Algunos tuvieron episodios de ruptura abierta con el sistema económico internacional, pero hicieron nada por alterar el orden hetero-normativo. Otros fueron muy lejos en materia de juzgamiento de crímenes de lesa humanidad ocurridos en la dictadura, pero no se alejaron mucho de la ortodoxia financiera. En todo caso, a los ojos de sus opositores locales y del resto de América del sur, los gobiernos de marea rosa exhibieron estas marcas, aun cuando hoy sepamos que sus niveles de radicalidad y de coherencia no fueron tan altos (Cannon 2016).

Pero en todo caso, los candidatos que aspiraron a suceder a esos gobiernos -y aquellos que lograron efectivamente hacerlo- han desplegado sus opciones ideológicas, propuestas políticas y procesos de construcción identitaria a partir del rechazo a estas cuatro grandes áreas de acción. Así, en materia económica han insistido en la necesidad de desmontar o minimizar las intervenciones económicas del Estado para liberar la iniciativa empresarial. La restauración de la ortodoxia financiera es presentada como un esfuerzo por depurar al mercado de interferencias ilegítimas: la formación de tasas de interés y de precios, la fijación de salarios y de la duración de la jornada laboral o el control de los impactos ambientales son cedidos a los privados. Este giro en la política pública descansa en la idea de que el retiro del Estado permitirá que los méritos individuales sean debidamente reconocidos sin que medien intrusiones demagógicas o distorsivas. Toda política social es condenada porque sería un mecanismo intervencionista e injusto porque no está regulada por el sistema de premios y castigos del mercado.

En lo referido a la legislación de familia y matrimonio, hay un fuerte interés por eliminar -o cuanto menos reducir el impacto de- esas nuevas leyes así como los organismos destinados a proteger a las poblaciones más vulnerables, como las mujeres víctimas de violencia de género, los migrantes o las personas trans. En particular, las nuevas derechas exhiben una notable sistematicidad en sus agravios contra el movimiento feminista, el llamado “lobby gay” y la “ideología de género” a los que se responsabiliza de un número creciente de problemas sociales. La restauración o el refuerzo de las formas de dominación patriarcal va de la mano de la creciente incidencia de actores religiosos en la vida pública (Iglesia Católica, think tanks “pro-familia” e iglesias neo-pentecostales).

También las fuerzas de derecha se embanderan en lecturas revisionistas -sino abiertamente negacionistas- de los crímenes ocurridos bajo las dictaduras. Ello ha conducido a la exaltación de los represores, a la inculpación a las víctimas de su condición y a una impugnación generalizada al paradigma de los derechos humanos bajo el reclamo de “memoria completa”. En paralelo, la exaltación de las fuerzas de seguridad y defensa se une a la promoción de políticas judiciales y penitenciarias de mano dura, reñidas con el ordenamiento legal nacional e internacional vigente, a la hora de combatir la criminalidad urbana y las redes de narcotráfico.

Y, por último, las derechas hacen todo lo posible por exhibir plena fidelidad a los mandamientos estadounidenses y descartar las salidas multilaterales a los problemas internacionales. En su exaltación identitaria hay menos espacio para la fibra latinoamericanista y más para las invocaciones occidentalistas, pro-israelíes y antiterroristas. Los intereses de liberación del comercio internacional han desplazado a preocupaciones más ligadas a los procesos de integración política o de intercambio cultural.

Las derechas –oficialistas o no- hoy reclaman orden en el mercado, la casa (y la cama), las calles y el mundo. Claro que no todas exigen lo mismo ni le dan la misma prioridad a los tres (si Milei encarna sobre todo el deseo de reducir el gasto estatal y de que reine la intemperie para que triunfen los mejores, Bukele prometió “limpiar” las calles).

Los triunfos de las derechas son resultado de la constitución de mayorías basadas en ordenamientos morales polarizantes.

Las victorias derechistas descansan sobre procesos socio-políticos que llevan mucho tiempo y que continuarán en marcha más allá de futuras alternancias en los gobiernos. Desde hace varios años se han ido produciendo aglomeraciones primero morales y luego electorales, en las bases sociales, Luego las dirigencias partidarias han acompañado y aprovechado ese proceso. Las identidades de derecha o de extrema derecha se solidifican pese (tal vez gracias) a la multiplicidad de orígenes socio-económicos de sus miembros. A través de un juego de diferenciación y de polarización, se forman comunidades morales en las cuales es muy difícil encontrar correlaciones fuertes entre el nivel de ingresos y orientación ideológica. La constitución de esas comunidades morales en parte se realiza en la interacción cara a cara y, cada vez más, en las pantallas.

En todo caso, lo que me interesa marcar es el fuerte peso que en ese proceso ha tenido una acelerada individualización dentro de las clases populares sudamericanas. Acentuado al calor de las reformas neoliberales de los años noventa, el proceso se ralentizó con las políticas sociales e industrialistas de la “marea rosa”, mas no se detuvo. Esa individualización no ha sido impedida por la posesión de innatos valores colectivistas o la densidad de las pertenencias religiosas o de clase. Al contrario, lo que muestran distintas etnografías urbanas recientes es que la individualidad popular actual naturaliza y acepta “el carácter estructural de soledad y desprotección” (Araujo y Martucelli 2015) y ante ello no desarrolla lógicas o estrategias de resistencia colectiva sino de flexibilidad, adaptación y auto-afirmación.

La consagración de la meritocracia como criterio único de distribución de bienes y oportunidades exacerba la preferencia por las salidas individuales sobre las colectivas, pero también naturaliza y legitima la pobreza como supuesto resultado de la falta de esfuerzos, de ingenio o de capacidad de emprendimiento ante las dificultades. El reclamo de la meritocracia es que las recompensas sean diferenciadas a través de una estructura de remuneración material y simbólica que establezca gradientes entre las personas. El reclamo es, en consecuencia, de más desigualdad en los patrones de consumo, de legitimidad de las tareas y de reconocimiento social. Justificada a su entender, pero desigualdad al fin. Como mostró Gabriel Feltran (2020) en su estudio sobre favelados, estamos ante una subjetividad popular novedosa que combina una moralidad conservadora, el entusiasmo por la innovación económica y la incertidumbre ante el futuro, sospechas ante el saber letrado y las ayudas sociales del Estado. La libertad es tener el derecho a diferenciarse positivamente, es la libertad para jugar en la intemperie con la ilusión de que se puede ganar ese juego contra los otros. Se trata de un “neoliberalismo desde abajo” (Gago 2014), puesto que son modos de vida, saberes, prácticas y relaciones que toman al cálculo como organizador vital y que no se han alterado y probablemente no se alterarán porque una coalición electoral derechista sea derrotada. 

¿Cómo actuar cuando el deseo de diferenciación, el ansia de desigualdad, no viene - sólo- de aquellos que más tienen o que sienten amenazadas sus posiciones privilegiadas sino de aquellos que desde el nacimiento están detrás en la distribución de bienes, oportunidades y prestigio? Lo que muestran los estudios electorales es que los reclamos de que se eliminen las formas de ayuda estatal (subsidios o gratuidad de los servicios públicos, ayuda al desempleo, protección impositiva de la producción local, etcétera) no son exclusividad de las elites, sino también de quienes se han beneficiado durante mucho tiempo de esas ayudas. En definitiva, una buena parte del reciente crecimiento de las derechas se explica por las reacciones de sectores populares que imaginan que su suerte política está más cercana a la de quienes tienen más que a la de quienes tienen menos. Ellos consideran válido el argumento de que el neoliberalismo no es sólo un discurso económico científicamente fundado, sino sobre todo un estilo de vida superior porque le reconoce a cada quien sus méritos y esfuerzos y premia el buen uso de la libertad (y castiga sus malos usos, seguro).

Los triunfos electorales de las derechas invitan a reflexionar sobre la desaparición del “pueblo” imaginado por las izquierdas, los populismos y una fracción del catolicismo por medio siglo dado el giro a un conservadurismo valórico e identitario. Ese proceso acompaña tardíamente al que se viene produciendo en la estructura social y productiva desde la “década perdida” de 1980 cuando se instalaron la fragmentación social, la pauperización, el cuentapropismo y la informalidad laboral. Las identidades políticas se multiplican y volatilizan siguiendo la velocidad de los medios de comunicación y sobre todo de las redes sociales digitales. ¿Dónde y cómo forma su conciencia política un joven que un día trabaja 12 horas subido a una motocicleta y cuyo jefe es un algoritmo impersonal y exigente?, ¿tiene compañeros o rivales de clase en los otros miles de jóvenes subidos a otras motocicletas?

Derechas: ¿hacia una nueva hegemonía?

En la última década se ha producido un acercamiento -y a veces fusión organizativa- entre las fuerzas neoliberales que tienen una agenda eminentemente económica, los nostálgicos de las dictaduras, los representantes de las Fuerzas Armadas y de seguridad y los emprendedores del conservadurismo moral. Aun cuando tienen agendas y orígenes ideológicos distintos, los impactos reales o temidos de la “marea rosa” (la famosa “venezuelanización”) los han invitado a coordinar sus tareas y a ensamblar sus discursos. Comparten enemigos -más imaginarios que reales- y redes que terminan pesando mucho más que sus distancias o incoherencias ideológicas. Allí han jugado un rol clave dos elementos ideológicos muy extendidos socialmente: por un lado, el anticomunismo, que ha ofrecido imágenes conspirativas del “enemigo interior” y, por el otro lado, la simbiosis entre neoliberalismo y la “teología de la prosperidad” de cuño neopentecostal, que coinciden en que la exaltación del mérito como criterio de compensación en el mercado y de salvación post mortem.   

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[1] La noción de “marea rosa” fue elaborada inicialmente por Panizza (2006). Incluía los gobiernos de Chávez en Venezuela, Morales en Bolivia, Correa en Ecuador, el Frente Amplio en Uruguay, Bachelet en Chile, los Kirchner en Argentina y el PT en Brasil. De cualquier manera, esa clasificación no tuvo aceptación universal y se superpuso con la que propugnaba el canciller mexicano Jorge Castañeda (2006) entre una izquierda equivocada (Wrong Left) liderada por Venezuela y Cuba y una izquierda correcta (Right Left) de la que Uruguay era ejemplo.

 

Referencias

Araujo, Kathya y Danilo Martuccelli, “Las individualidades populares. Análisis de sectores urbanos en Chile”, Latin American Research Review, 50-2, 2015.

Cannon, Barry, The Right in Latin America. Elite Power, Hegemony and the Struggle for the State. New York y Londres: Routledge, 2016.

Castañeda, Jorge G., “Latin America’s Left Turn”, Foreign Affairs, 85-3, 2006, pp. 28-43.

Feltran, Gabriel, “The revolution we are living”, HAU: Journal of Ethnographic Theory, 10-1, 2020.

Gago, Verónica, La razón neoliberal. Economías barrocas y pragmática popular. Buenos Aires:  Tinta Limón, 2014.

Panizza, Francisco, “La marea rosa”, Análise de Conjuntura OPSA, 8, Río de Janeiro, 2006, pp. 1-16.