La reconfiguración de las derechas políticas en América Latina: ampliación de la oferta y consolidación de electorados
En apenas un lustro, América Latina vio llegar a la presidencia a una serie de líderes de derecha que poco antes habrían parecido inverosímiles: Jair Bolsonaro en Brasil (2018), Nayib Bukele en El Salvador (2019), Javier Milei en Argentina (2023), José Antonio Kast en Chile (2025), Abelardo De la Espriella en Colombia (2026). Estos ascensos se asientan en recursos organizativos heterogéneos y en programas que hacen hincapié en temas diferentes (la seguridad, las “guerras culturales”, el orden macroeconómico), pero comparten un rasgo: casi todos se construyeron en ruptura con las derechas convencionales de sus países, a las que disputaron el electorado desde posiciones más radicales.
No se trata, sin embargo, de un giro generalizado y homogéneo hacia la derecha en los sistemas de partidos, sino de una ampliación y diversificación de la oferta y de la demanda conservadoras. En ella, las derechas radicales ocupan un lugar central: al crecer en ruptura con las derechas convencionales, empujan a éstas a la crisis o a la moderación y redefinen el conjunto del campo. El proceso es notable a la luz de lo que sabíamos sobre esta derecha, cuyas dificultades históricas para construir organizaciones estables (Gibson, 1996) y para acceder al poder por vía electoral (Luna y Rovira Kaltwasser, 2014) están bien documentadas. ¿Cómo se reorganizó, entonces, y sobre qué se apoyaron las fuerzas radicales que impulsaron el cambio?
El argumento que propongo es que el rasgo distintivo de estas nuevas derechas, y la clave de su resiliencia, es la conversión de recursos ideacionales y simbólicos en fuerza electoral: allí donde fueron débiles en el plano organizativo, compensaron esa debilidad construyendo identidades programáticas distintivas y capital simbólico, sin invertir en organizaciones densas (Borges, Lloyd y Vommaro, 2024). Esa conversión encontró terreno propicio en el descontento que siguió al giro a la izquierda de los años 2000 –el desgaste de los oficialismos progresistas ante el fin del auge de las materias primas, el estancamiento y los escándalos de corrupción (Kessler y Vommaro, 2025)– y en el espacio dejado por la moderación de las derechas convencionales. De ahí una implicación de fondo: en la medida en que descansa en la conversión de un descontento coyuntural más que en anclajes organizativos, no parecemos estar ante un giro a la derecha, sino ante una manifestación del ciclo de inestabilidad política que atraviesa la región desde el fin de aquel auge. En lo que sigue desarrollo este argumento en dos planos: la oferta y la demanda. Me concentro en las bases internas del ciclo y en la pregunta por su durabilidad.
1. Ascenso de las derechas radicales y crisis de las derechas mainstream
Desde el giro a la izquierda, la reorganización de la derecha política no adopta una forma única: conviven partidos moderados de centroderecha surgidos para competir con la izquierda incumbente –el PRO argentino, hoy en declive–, vehículos personalistas de líderes radicales –La Libertad Avanza de Milei, el Partido Liberal de Bolsonaro– y partidos conservadores que lograron construir una identidad durable, como el Centro Democrático colombiano.
En términos programáticos, las diferentes fuerzas comparten el rasgo ideológico que define a la derecha –el privilegio de las libertades de mercado sobre la redistribución (Borges, Lloyd y Vommaro, 2024)–, aunque basan su ascenso en ofertas discursivas que hacen eje en temas diversos: la seguridad, la reacción contra avances en materia de derechos de género y diversidad, el orden macroeconómico. Las derechas radicales, en tanto, se distinguen de las mainstream no tanto por su posición económica –van del nacionalismo económico de Bolsonaro al antiestatismo libertario–, sino por su crítica al establishment y por su relación con la democracia (Rovira Kaltwasser et al., 2026): aceptan la competencia electoral, pero cuestionan componentes centrales de la democracia liberal –el pluralismo, los contrapesos, la protección de las minorías. Dentro de ese eje común, lo que las define en América Latina es menos un contenido único que una gramática compartida de impugnación –del progresismo cultural, de la redistribución y de las élites–, cuyo peso varía por país: la reacción moral y religiosa en Brasil, el rechazo libertario del gasto público y de “la casta” en Argentina (Vommaro, 2026), la seguridad y el orden en Colombia y en El Salvador. La variación se recorta, no obstante, sobre dos rasgos regionales: la ausencia de un discurso homogéneo asociado al backlash cultural y el lugar marginal del nativismo, central en cambio en las derechas del Norte global.
Para ordenar esa diversidad propusimos una tipología que cruza la estrategia programática y la inversión organizativa (Borges, Lloyd y Vommaro, 2024). La segunda muestra un patrón dominante: la debilidad. Priman los vehículos personalistas, construidos como plataformas de un líder antes que como organizaciones con vida propia. Las excepciones son reveladoras: el PRO y el Centro Democrático invirtieron en cierta medida en construir recursos organizativos, marcas partidarias y cuadros, y son precisamente los que hoy libran la batalla más difícil, la de sobrevivir a sus líderes fundadores (Vommaro, 2023). La inversión organizativa se decide temprano y condiciona la trayectoria: difícilmente una fuerza de baja inversión se vuelve luego densa, y un partido sólido sobrevive mejor a los reveses.
La estrategia programática es, en cambio, más adaptable, y su plasticidad ordena la historia reciente. Durante el ciclo progresista y el auge de las materias primas, la competencia empujó a muchas derechas a la moderación, para disputar al votante mediano y evitar el estigma de representar a las clases altas. El fin de aquel doble ciclo invirtió los incentivos: al desgastarse los oficialismos progresistas, la radicalización se volvió rentable, y las derechas moderadas quedaron expuestas, porque su propia moderación había dejado vacantes espacios de identificación –en torno al rechazo del progresismo cultural, del estatismo y de la izquierda– que las nuevas fuerzas ocuparon. La crisis de las derechas mainstream es, así, la contracara del ascenso de las radicales, que se definen no solo por su crítica a la izquierda, sino también por la impugnación de las convencionales, a las que reprochan su tibieza.
2. La demanda: captación del descontento y construcción de electorados
El fin del auge de las materias primas restringió las políticas redistributivas de expansión del consumo; el estancamiento, la corrupción y la inseguridad erosionaron el apoyo a los gobiernos progresistas y alimentaron críticas a los oficialismos (Kessler y Vommaro, 2025). Conviene, no obstante, matizar la idea de un electorado que “vira” en bloque hacia la derecha: la identificación explícita con la derecha se mantuvo relativamente estable entre 2008 y 2019, con aumentos concentrados en los países donde emergieron alternativas conservadoras competitivas. Antes que un giro ideológico generalizado, encontramos un electorado receptivo a ofertas de derecha: franjas con predisposiciones conservadoras en seguridad, orden moral o desconfianza hacia el Estado, que las nuevas ofertas lograron activar y traducir en apoyo, en parte por la vía del voto retrospectivo. La marea conservadora que muchos presagiaron, hasta el momento, no tuvo lugar; en cambio, la región ingresó en un período de inestabilidad –ciclos electorales cortos, caída de la confianza en gobiernos y democracia– del que las nuevas derechas fueron una expresión.
Ese descontento se apoya en tres registros: la seguridad, que tiende a asociarse con el apoyo a soluciones autoritarias y que Bukele y Kast hacen núcleo de su proyecto; la desconfianza hacia el Estado, en su forma extrema el antiestatismo libertario de Milei; y el orden moral, activado por la politización de la agenda de género y la resistencia de núcleos conservadores. Ninguno divide a las sociedades del mismo modo: el conflicto distributivo, central en la región más desigual del mundo, cede terreno ante la crítica a las élites políticas por corrupción o por ineficacia. Las nuevas derechas se anclaron en esa crítica y buscaron desplazar el clivaje distributivo hacia cuestiones donde las sociedades están más divididas o donde la izquierda tiene menos oferta, como la seguridad; más que abandonarlo, reformularon el conflicto distributivo en clave de seguridad, antiestablishment y cultura.
El rechazo, además, adopta diferentes formas ligadas a dos escenarios de conflicto a nivel social (Kessler y Vommaro, 2025). En unos casos prima la polarización ideológica de fuerte carga afectiva, organizada en torno a identidades negativas sedimentadas –el antipetismo en Brasil, el antikirchnerismo en Argentina–; en otros, se impone un descontento difuso dirigido contra el conjunto de la clase política. Ambos rinden para las derechas, pero no producen electorados equivalentes: la polarización afectiva funciona como un piso sobre el que la adhesión se acumula, porque no depende solo del desempeño del gobierno sino del rechazo a un enemigo; el descontento difuso rinde en la coyuntura, pero es más volátil.
El bolsonarismo ilustra el primer escenario. Bolsonaro perdió la reelección en 2022, fue condenado en 2025 por la trama golpista que siguió a su derrota y quedó inhabilitado; sin embargo, el movimiento conserva capacidad de convocatoria: la adhesión sobrevive a la derrota y a la salida del líder. El caso argentino permite ver cómo se estabilizan estos electorados. La irrupción de Milei se produjo sobre condiciones de disponibilidad: la estructura bicoalicional vigente desde 2015 se erosionó por el mal desempeño económico de gobiernos del peronismo de centroizquierda y de la derecha mainstream liderada por el PRO –condensado en una inflación superior al 200 % en 2023– y dejó a un electorado de centroderecha dispuesto a opciones más abiertamente de derecha; la pandemia operó como coyuntura favorable, al dirigir hacia el Estado un descontento que encontró representación en el libertarismo antiestatal. En una investigación cualitativa longitudinal con grupos de WhatsApp de votantes de Milei identificamos tres mecanismos de esa sedimentación (Kessler y Vommaro, 2026): un “contrato original” que ancla el apoyo en un problema prioritario –la inflación– y en la interpelación antiestablishment contra “la casta”; un alineamiento progresivo con los encuadres del gobierno; y una negociación de transgresiones, por la que, ante escándalos, la identidad negativa –el antikirchnerismo– activa un razonamiento motivado que cimenta el apoyo. La heterogeneidad de este electorado no se resuelve en homogeneidad ideológica, sino en una economía moral compartida: la convicción de que el ajuste es necesario, que “la casta” debe ser castigada y que el líder puede llevarlo adelante. Las cuestiones culturales tienen baja relevancia para estos votantes: muchos sostienen incluso posiciones favorables al aborto legal, subordinadas a la prioridad económica. La estabilidad del apoyo no requiere coherencia programática plena, sino la capacidad de jerarquizar acuerdos y desacuerdos en torno a un eje dominante.
Conclusiones
La reconfiguración de las derechas latinoamericanas no puede leerse como un simple giro a la derecha, sino como una recomposición que atraviesa dos planos: en la oferta, una diversificación y radicalización que incluye el ascenso de fuerzas radicales y la crisis de las mainstream, cuya moderación dejó espacio para núcleos conservadores “disponibles”; en la demanda, la cristalización de ese descontento en electorados heterogéneos pero resilientes, de perfiles variables por país.
Un hilo común recorre ambos planos: allí donde la derecha fue débil en términos organizativos, las nuevas fuerzas compensaron esa debilidad con recursos ideacionales y simbólicos, acumulando identidades distintivas y capital simbólico sin construir organizaciones densas, y capturando descontento sin ofrecer coherencia programática plena. Esta economía de recursos –fuerte en lo ideacional, débil en lo organizativo– explica a la vez su rápido ascenso y su fragilidad. El caso de Milei la lleva al extremo y revela su paradoja: es el presidente con la agenda económica más ambiciosa del ciclo democrático argentino y, a la vez, el que dispone de menos recursos políticos para implementarla, lo que lo vuelve dependiente tanto de sus resultados económicos como de su colaboración con la derecha convencional (Vommaro, 2026).
¿Qué implica esto para la vida democrática? La mirada retrospectiva invita a la cautela. El ascenso de fuerzas que aceptan la competencia electoral pero cuestionan el pluralismo y la protección de las minorías tensiona los fundamentos democráticos; su normalización reduce el estigma que las rodeaba y consolida su legitimidad pública. Y, sin embargo, ¿estamos ante un giro duradero? La durabilidad de estas derechas es, en rigor, desigual: depende de la materia con que se construyó cada electorado. Donde el apoyo se ancló en identidades negativas sedimentadas –el antipetismo, el antikirchnerismo–, puede sobrevivir a la derrota y a la salida del líder, y operar como un piso sobre el cual reconstruir la adhesión; donde descansó en un descontento difuso, rinde en la coyuntura pero se disipa con ella. Antes que un giro a la derecha de largo aliento, lo que estas fuerzas expresan es la persistencia de un ciclo de inestabilidad: el mismo malestar que las encumbró –el fin del auge de las materias primas, el desgaste de los progresismos, la desconfianza hacia la política– puede, mañana, volverse contra ellas.
Referencias
Borges, A., Lloyd, R. y Vommaro, G. (eds.) (2024). The Recasting of the Latin American Right. Cambridge University Press.
Gibson, E. L. (1996). Class and Conservative Parties: Argentina in Comparative Perspective. Johns Hopkins University Press.
Kessler, G. y Vommaro, G. (2025). La era del hartazgo: líderes disruptivos, polarización y antipolítica en América Latina. Siglo XXI.
Kessler, G. y Vommaro, G. (2026). La construcción del electorado de derecha radical en Argentina: votantes de Milei. Estudios Sociológicos, 26, 1-25.
Luna, J. P. y Rovira Kaltwasser, C. (eds.) (2014). The Resilience of the Latin American Right. Johns Hopkins University Press.
Rovira Kaltwasser, C., Meléndez, C., Tanscheit, T. y Zanotti, L. (eds.) (2026). The Far Right in Latin America. Cambridge University Press.
Vommaro, G. (2023). Conservatives against the Tide: The Rise of the Argentine PRO in Comparative Perspective. Cambridge University Press.
Vommaro, G. (2026). Argentina: Milei's far-right project, between opportunism and innovation. En Rovira Kaltwasser et al. (eds.), The Far Right in Latin America (pp. 27-42). Cambridge University Press.