El “hilo” del orden entre Trump, Monroe y los presidentes latinoamericanos
El liderazgo de Trump, desde que asumió el 20 de enero de 2025, ha ocupado toda la escena internacional. Es parte de su estrategia personal y geopolítica ocupar el centro y recibir todas las miradas. Por tanto, no hay liderazgo que no pugne por la mirada de sus adherentes y de sus contrincantes. Es constitutiva de la legitimidad.
En esa búsqueda del líder por ser mirado existe una dimensión interactiva y performática con sus seguidores y detractores. Es decir, para ser mirado Donald Trump tiene que suscitar algo importante: la atención del otro, la circulación de una emoción que los y las detenga a observar y a escuchar. Una palabra, una emoción, un acto que oriente la mirada, la escucha y si es posible la adhesión. Si la obediencia es escuchar atentamente (en latín: oboediere) deberíamos agregarle la dimensión de la mirada para el análisis de la jefatura. Mirar para escuchar los mandatos o escuchar para mirar al líder. En el libro de David Toscana El ejército ciego[1] (Alfaguara, 2026) se narra una escena impactante: cuando el zar Samuel de Bulgaria ve regresar a su fortaleza a 15.000 soldados ciegos. Al verlos se desvanece. Luego muere. No solo lo conmociona el impacto de miles de hombres ciegos y en pensar en el temor que causaría entre los habitantes de su reino sino terror que le provoca al zar no poder ser mirado por una parte importante de su población.
El liderazgo audiovisual de Trump se convierte en un “activo simbólico" para sus audiencias. Ellas lo instituyen como jefe y al mismo tiempo esperan de él activos simbólicos, actos, garantías de promesas, seguridad, etc. En esa interacción, que todo liderazgo supone con sus electores, los adherentes exigen, instituyen y consumen las imágenes de éste. Esas imágenes del jefe pueden reconfortar, enojar o promover un modelo de acción. En este sentido, Trump es un gran productor de escenarios, de imágenes y narrativas que organizan los sentidos de la geopolítica y los propios de la acción política en su país y en el globo. Posee esa capacidad y esa eficiencia.
El ejercicio del liderazgo de Donald Trump se encuentra vinculado a legados históricos. No solo a la regularidad del ejercicio del poder a través del tiempo, a la tradición presidencialista norteamericana sino a una manera de pensar el mundo y la política exterior. La Doctrina Monroe define un estilo de liderazgo y los sentidos que lo instituyen y movilizan en la arena mundial. Por tanto, existe un “hilo” que conecta el estilo actual de jefatura de Donald Trump con la Doctrina Monroe (1823). En éste documento y en la figura del presidente de EEUU existe una idea muy potente que los enlaza: el caos a contrarrestar. Uno que proviene fuera del territorio norteamericano y que puede afectar a la seguridad y nación de Estados Unidos. El rechazo al caos externo y la institución del liderazgo son parte del mismo plan político. Por tanto, la lectura sobre el caos se impone. Entonces cabe preguntarse: ¿Qué caos?
Donald Trump ofrece una lectura del mismo. Ese caos es producto de la erosión de tres grandes figuras: poder norteamericano, identidad tradicional y civilización occidental. Los gobiernos anteriores, el multilateralismo, el humanitarismo y la cultura woke han colaborado para desestabilizar el orden y provocar caos. Por tanto, el actual presidente norteamericano se ve llamado a poner orden e intervenir sin que EEUU ocupe el territorio. Un liderazgo que pretende ser preciso, de “entrada y salida” y sin costos que afecten a su propio electorado.
Ordenar el caos (económico, de la inseguridad, “identitario”, migratorio) aunque ello implique forzar y romper el derecho internacional. Esa lectura de caos que se impone habilita un liderazgo disruptivo. Uno que camina al filo del orden democrático. Uno que inclusive va contra las organizaciones internacionales creadas y promocionadas por los mismos Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial.
Trump busca instaurar un orden y en este caso que el mundo pague por ello. No es un mero detalle simbólico la insistencia de Trump por obtener el Premio Nobel de la Paz. Exige un reconocimiento y precio por “dotar” de orden al mundo. Aunque ello suponga secuestrar al presidente venezolano, erosionar al presidente ucraniano frente al poder de Putin, avanzar sobre territorio autónomo de Groenlandia, presionar in extremis a los países europeos para financiar la defensa o ayudar económicamente al presidente argentino para que su gobierno no estalle. La otra insistencia de Trump es su juego con imágenes imperiales, monárquicas o vinculadas a la híper concentración de poder. Esto movilizó protestas sociales organizadas en EEUU en torno a la consigna “No Kings” o la estatua satírica de Trump llamada ‘Plaga Naranja’ del artista danés Jens Galschiøt instalada en el Parlamento Europeo (Estrasburgo). La toma del negocio petrolero en Venezuela, el asedio sobre Ormuz, la pretensión sobre Canadá y la reivindicación de “Colón como héroe americano” plantea vínculos muy potentes con esas imágenes avasallantes.
La presencia de Donald Trump en la escena internacional se consolidó con “jugadas” impredecibles y casi anti sistema. Su liderazgo disruptivo instauró un estilo de jefatura, un conjunto de respuestas políticas y una forma de leer el mundo y la subjetividad actual. ¿Qué hacer frente a sociedades rotas y pobres, individualidades tiránicas confrontadas con lo colectivo, ante una experiencia de desigualdad que enfrenta a personas inclusive de los mismos sectores sociales y frente al declive económico y todas sus esperanzas? ¿Qué hacer frente al temor social a perder lo poco que se tenga entre manos aunque el bienestar no llegue? ¿Qué hacer ante un universalismo vinculado a la estatalidad totalmente en crisis? Para Donald Trump la respuesta es establecer el orden y ofrecer seguridades (públicas, identitarias, narrativas y visuales). Todo lo que fue desestabilizado, por el comercio mundial y sus instituciones, por la cultura woke, o por el multilateralismo, debe ser ordenado y reestructurado. Así Trump, con el legado “Monroe” y un conservadurismo radical como lector de subjetividades actuales se lanza al mundo.
¿Qué conecta a Jair Bolsonaro, Javier Milei, Nayib Bukele, Abelardo de la Espriella, Keiko Fujimori, José Antonio Katz con Trump? A esta constelación “familiar” de líderes los conectan los valores conservadores, una lucha feroz contra las izquierdas y las políticas inclusivas pero fundamentalmente los reúne una lectura de lo social y del liderazgo mismo. Trump es más que Trump: es “una” posición sobre el estado del mundo y un modelo de acción, narrativo y visual frente a sociedades en crisis. Ciertos dirigentes latinoamericanos hacen de Trump un modelo para la acción y, principalmente, para la intervención en el espacio público.
La constelación familiar de dirigentes de derecha radical latinoamericana se resitúan en lo disruptivo. Es su modus vivendi donde intentan asociar visualmente a presidentes a súper héroes de Marvel. Corren los límites normativos y discursivos buscando resolver problemas sociales o económicos. Ponen en entredicho largas tradiciones humanistas en pos de lograr e imponer estabilidad. La “sangre” también provoca adherentes.
En ese cuadrante de prácticas disruptivas puede observarse cómo Bukele amenazando con no dar de comer carne a los mareros presos logra la “alegría” y apoyo de millones de salvadoreños. Cuando Trump y Milei se burlan y atacan periodistas y muchos y muchas creen que os han puesto en su “lugar”. No es crueldad: es la forma de poner orden y de conectar con sus adherentes. Una parte del electorado busca que el líder les ofrezca la “sangre” y castigo de aquellos que “desestabilizan” la seguridad pública, las identidades tradicionales o el orden económico. En un mundo líquido quien ofrece certezas tiene una parte del camino político allanado. En muchos casos, desafiar los bordes éticos y morales es apoyado por grandes sectores sociales. El autoritarismo comienza a reivindicarse y se convierte en algo seductor. Por ejemplo, en Argentina muchos y muchas festejaron en las redes sociales los despedidos de miles de personas de la función pública.
Imágenes, al mismo tiempo, de disrupción y orden atraviesan América Latina. Abelardo de la Espriella se lo ve en las pantallas y en las redes sociales con una pistola en su cintura acompañando a los militares a detener criminales; Bukele muestra el rigor con el que son tratados los mareros en las mega cárceles; Fujimori desde su llegada al poder busca emparentarse con la política de seguridad y educativa del presidente salvadoreño; Katz construye un muro para contener la inmigración y mostrar a sus votantes su firmeza; Jair Bolsonaro en julio de 2024 le entrega a Milei en una “Medalla de las tres I” (imbrochável, imorrível e incomível) donde una de esas I significa que ningún hombre debe ser abordado sexualmente por otro hombre (un premio a la homofobia); Milei con sus políticas de ajuste y estabilización lleva a límite social a millones de personas y llama “mierdas humanas” al periodismo. Así ofrecen a sus electorados la capacidad de orden y al mismo tiempo transforman a ésta en una política contra los consensos sociales y globales que se habían establecido las últimas décadas. Existe un “menú” latinoamericano vinculado a la agenda conservadora y a una alianza que pretende beneficios y apoyos de Donald Trump. Estos dirigentes reclaman una parte de la “plaga naranja”. Y como el mismo Trump, estos dirigentes radicales, toman algo de esa propuesta de Maquiavelo que indica que el príncipe tiene dos modos de combatir: uno, con las leyes u otro, con la fuerza. Pero a veces las leyes, en el mundo de los hombres, no bastan para ganar y estabilizar el orden. Por ello se recurre a la fuerza, un arte propio de las bestias. Un príncipe debe actuar como bestia y como hombre[2]. Y más allá de que Milei y de la Espriella se autodesignan como El León y El tigre, dos figuras propias de la fuerza. Está claro que estos liderazgos exploran un más allá de las leyes para imponer su poder.
Las derechas radicales que gobiernan en América Latina pretenden la instauración de seguridades “identitarias” (resituando el binarismo heterosexual varón-mujer), públicas (estableciendo políticas hiper punitivistas erosionando legados humanistas y normativos), nacionales (la recreación del nativismo) y mundiales (reducir el “caos” aliándose con EEUU) buscando así capturar el apoyo y la atención de ciudadanos o ciudadanas que han percibido que algunos cambios sociales de las últimas décadas han introducido inestabilidad en la vida cotidiana (por ejemplo: algunas personas o grupos sociales entienden que las políticas que garantizan derechos relacionados con las disidencias sexuales sólo promueven la inestabilidad de figuras tradicionales).
El “estar al mando” funciona como una entrada a la mirada y a la escucha de quienes votan o están por votar. Es la “llave” para un electorado asediado por la precarización, por el malestar y por los litigios con la representación política y estatal. Estos dirigentes de la derecha radical buscan “representar” lo que no puede o no pudo representar la política. Es decir, buscan representar a quienes detestan las viejas representaciones (partidos, movimientos, etc.) o que, como parte de un fenómeno actual extendido, no quieren ni buscan ser representados. Que rehúyen de la representación por parte de un colectivo y puede conectar de manera más pragmática o flexible con una figura fuerte. Una representación ad hoc, fuori política, que sólo puede ser “patrimonializada” por quien manda. Porque esa figura fuerte ha logrado salirse de la política y sus consensos.
Ese orden que intentan construir las derechas radicales “flirtea” con imaginaciones autoritarias o con acciones que llevan al límite la democracia. Muchas veces en nombre de aliviar subjetividades solitarias y asediadas por la vida cotidiana demandan reparaciones rápidas y ejecutivas. Por ejemplo: el hiper punitivismo en El Salvador, Colombia, Ecuador o Perú ha logrado grandes consensos y la apelación a los derechos humanos es entendida por grandes porciones de la sociedad como una debilidad o como protección a la delincuencia. La pésima elección que hizo Lula en Rio de Janeiro (4/10/2026) en parte se explica porque una parte de ese electorado entendió que Lula no acompañó al Gobernador en la lucha contra la delincuencia y que no apoyó a las fuerzas de seguridad en la Operación Contención realizada para perseguir al Comando Vermelho en las favelas. Esta acción dejó más 100 personas muertas. Mientras Lula decía de estar “horrorizado” por la “matanza” el 62.2% de la población de Rio de Janeiro respaldó la operación policial y la aprobación de quienes habitan en la favela fue aún mayor alcanzando un 87.6% (Encuestadora Atlas Intel, 29-30 de octubre de 2025)
Donald Trump ha logrado una “constelación familiar” de dirigentes latinoamericanos encaminada a luchar contra el “caos” global. Persiguiendo el ordenamiento de las palabras, las imágenes, el ritmo del capitalismo y de las identidades. Pero también, el presidente norteamericano, carga con el peso de esa agenda y de esas alianzas. Ningún liderazgo es solo cultural. “América para Trump” le acarreará costos globales y nacionales.
Después de Trump habrá trumpismo. Existirán liderazgos que busquen en el presidente norteamericano una lectura de lo social y una trayectoria de la jefatura. Y esta trayectoria de acción se verá convocada o en disponibilidad por un fenómeno central de estos tiempos: el gobierno democrático necesitar realizar cada vez mayores esfuerzos para sostenerse con legitimidad. La velocidad de las ºdemandas sociales y de las emociones políticas erosiona y estresa cualquier jefatura elegida democráticamente. Frente a este desgaste, la derecha radical se propone como un partido del orden, como una estrategia para contener esa erosión. Pero no será el partido de cualquier orden. Uno que no se organice en torno a ampliadas políticas de integración social. Un orden que piensa en un individuo que se realiza en la afirmación y en la “virilidad” del poder del jefe. En una interacción face to face y screen to screen. Un jefe que busca la dominación del otro en contingentes humanos que se retiran de las experiencias políticas, que detestan a un Estado que dejó de realizar promesas sociales y que transitan entre el homo videns y el homo tecnologicus. La derecha radical, a su vez, es el partido del logaritmo. Su alianza con los empresarios tecnológicos y los datos obtenidos colaboran con estrategias que movilizan expectativas y emociones que circulan en la sociedad. Y frente a los temores y deseos la derecha radical es más audaz, a la hora de forzar consensos sociales y normas, para capturar el apoyo social. La “plaga naranja” intenta llegar a esos deseos que las agendas políticas de décadas anteriores no pueden o no quieren (por una restricción ética, moral, presupuestaria o normativa) realizar.
Las izquierdas están atrapadas. Mientras no ofrezcan liderazgos que alivien, que ofrezcan sostenidos progresos económicos y construyan otra trayectoria para gestionar los deseos y expectativas sociales se verán débiles y se percibirán como opciones inseguras. Posiblemente tendrán que definir qué “caos” y qué “orden” deben construir para lograr el apoyo de mayorías sociales.
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[1] David Toscana, El ejército ciego, Buenos Aires: Alfaguara, 2026.
[2] Maquiavelo, El príncipe, Buenos Aires: Altaya, 1994